Martes 27 de enero de 2028
Por: Benjamín Malamud
Convivimos en esta Villa Serrana, personas con historias de vida, que, desde el punto de vista de éste viejo pediatra, de varias generaciones, merecen ser comentadas, especialmente, porque nos ayudan a entender, nos acercan mejor, a concebir, el fuerte vínculo entre nuestras relaciones íntimas en el entramado familiar y sus efectos en la salud, en mi caso de las niñas o niños, a lo largo de sus vidas.
Los hechos que relato son reales, hasta podrían ser corroborados, los nombres, los resguardamos.
A diario, a veces en distintos horarios, ahora que con mi pierna enyesada salgo poco y las redes son parte del nuevo entramado relacional e informativo, me encuentro con un joven adulto, cuya historia pediátrica, forma parte de un aprendizaje, de valor humano incalculable.
Al S. de Pediatría del Hospital de La Falda, concurren para una consulta una madre con su hijo preadolescente, hace algunas décadas. Tanto la madre que había sido nuestra paciente, como su hijo nos eran muy conocidos. El motivo esta vez y otras previas, eran las dificultades en las relaciones a nivel familiar y algunas conductas desafiantes de riesgo del paciente, que no cesaban.
En sus antecedentes figuraban, una caída, luego de haber trepado al techo del Anfiteatro del Tango, con lesiones de mediana importancia y otra, muy grave, de caída del techo de un taller mecánico, con lesión intracraneana grave, internación y coma prolongado de varias semanas, que al final, requirió una segunda operación de reconstrucción craneana.
Los pediatras somos médicos de niñas, niños y adolescente y su contexto, familiar y socio ambiental. Entonces conversamos sobre cómo estaba constituida la trama familiar, los ingresos, la salud de todos. La madre en esos momentos relata que ella estaba en estudio y tratamiento por una dolencia preocupante, que sus ingresos eran muy bajos y que las relaciones entre ambos eran dificultosas.
Siempre me han preocupado las formas culturales de relación entra padres e hijos y sus relaciones con la salud infantil. Como todos sabemos nada homogéneas, incluyen de muy posesivas y cálidas a las algo frías y distantes. Cuando les pregunto si cuando se encuentran se abrazan, ambos bajan la mirada y me entero que nunca se abrazaron. Delante de la enfermera, presente en la consulta, los induzco a un abrazo que se inicia con resquemores hasta que termina en intenso y con lágrimas, no solo de ellos.
A partir de ese abrazo, días después, la madre me comenta que su conducta había mejorado y que incluso había comenzado a ayudar a los compradores de un importante supermercado céntrico, a embalar las mercaderías y que con las monedas que trae, la situación económica, se hace menos difícil.
Hoy, ya adulto, incluido laboralmente y además políticamente, en las antípodas de mi pensamiento, pero manteniendo el mismo afecto y un diálogo respetuoso, algo difícil con quienes, desde un sector u otro del espectro partidario o ideológico, han banalizado el insulto y niegan el necesario debate de ideas, que, dentro de una comunidad, forman parte de la calidad de vida o del buen vivir.
Concluyo con un abrazo a los lectores y espero que más temprano que tarde, los fraternos abrazos sean los que dominen las humanas y sociales relaciones de esta Villa, de nuestro país y del mundo.