UN PAÍS ATADO CON ALAMBRE

Por: Sebastián Tassart


Han pasado 4 largos meses desde la última columna que escribí. Son tantos y variados los acontecimientos, que si se abordaran uno por uno daría para más de 100 notas en este lapso. Lo único que puede apreciarse a ciencia cierta, es que fuimos, somos y seguiremos siendo un país atado con alambre.

Dicha característica, que habla de nuestro ingenio para salir de situaciones fortuitas e imprevistas, se nos ha hecho carne de tal modo, que la hemos adoptado como una forma natural de vivir. La excepción supera a la regla. La provisoriedad termina siendo para siempre. Lo fortuito y eventual devienen en cotidiano y permanente.

Atado con alambre, es y debe ser la medida urgente para salir del paso, pero de ninguna manera podemos naturalizar tal postura como método de vida, dado que, a la larga esa conducta pasa facturas y hoy lo estamos viviendo, cuando se conjugan una serie de factores internos sumados a algunos externos que nos ponen en podios que no son para celebrar, sino para lamentarse.

A lo anterior hay que agregarle la tendencia endémica a echarles la culpa a otros por nuestras propias falencias. La culpa es de fulano, zutano o mengano. La culpa es porque en tal lugar pasó tal cosa, o en otro lado ocurrió tal otra. Jamás nadie se hace cargo de sus errores, empezando por los gobiernos de todos los signos políticos. Que la herencia recibida. Que la guerra en Ucrania. Que el aumento de tasas de la Reserva Federal. Que el vecino. Que la tía, la suegra, o vaya a saber quién. La lista del excusómetro es infinita.

De una buena vez, hay que cambiar esta modalidad auto exculpatoria y hacernos cargo de nuestro destino y asumir las responsabilidades por las decisiones que tomamos. Imaginemos por un instante que Japón y Europa tras la segunda guerra mundial, con sus consecuencias de muerte y destrucción que las convirtieron en tierra arrasada, en vez de ponerse a trabajar en la reconstrucción, se hubieran sentado a ver a quien echarle la culpa de sus desgracias. Seguramente hoy, 77 años después, seguirían llorando sobre los escombros.

Concentrémonos en las fortalezas y aptitudes que tenemos, para potenciarlas y poner en valor tales cualidades. A su vez, enfoquemos nuestros defectos y falencias para corregirlas, dado que allí reside el núcleo de debilidades que nos llevan a cometer y repetir una y otra vez los mismos errores.

Fácil no es, eso lo tenemos claro. Pero si no empezamos, jamás vamos a poder salir del pozo; y el pozo cada vez se vuelve más profundo. Inflación, desempleo, pobreza estructural, cierre de empresas, son consecuencias directas de décadas de medidas erróneas, agudizadas por los dislates y disparates del actual gobierno, que se ha puesto como meta superar a todos lo que lo precedieron en ineficacia e incapacidad para gestionar.

La carrera es como ser mejor que el anterior, no peor. Los países serios, son exigentes con sus gobernantes y si no sirven, mediante los mecanismos democráticos no les renuevan el contrato y buscan a un nuevo gerente de la cosa pública que gestione mejor. Acá somos permisivos a grados extremos.

Que un presidente viole la propia norma dictada de aislamiento, haciendo una fiesta de cumpleaños para su cónyuge, en otros lugares del mundo hubiera terminado en corto lapso con su destitución por juicio político o renuncia. Las normas son para que todos las cumplamos por igual, no para que sean selectivas en cuanto a su exigibilidad. Peor aun cuando con plata se termina cerrando un expediente judicial.

Porque ahí es donde se produce la inequidad y desigualdad de uno respecto al resto de la población. El mensaje es terrible. Si tenés poder y/o dinero, mandate cualquiera que no hay consecuencias. En el caso contrario, jodete. Es tremendo, peor de lo que uno se puede imaginar. Las naciones y estados que no tienen respeto irrestricto por las normas, no tienen destino. Ese es el pilar fundamental para el desarrollo de las sociedades.

Para muestra basta un ejemplo claro, el de Boris Johnson, ex primer ministro de Gran Bretaña. Fue sometido a investigación por fiestas clandestinas durante la cuarentena, no prosperó la moción de censura en la Cámara de los Comunes, sin embargo su liderazgo estaba herido de muerte; por un hecho como la designación de un colaborador sospechado de delitos sexuales, sus propios ministros y funcionarios secundarios, empezaron a renunciar a velocidad de maratón y en pocas horas se vio obligado a dimitir. El jetón se desplomo como un castillo de naipes.

El país atado con alambre, permite que los funcionarios que hasta ayer tenían un Fiat 600 y vivían en una casa común y corriente, de la noche a la mañana, pasen a tener autos de alta gama, vivir en mansiones y darse una vida de lujos asiáticos, con una total desaprensión y amoralidad, pues son conscientes que es poco probable que tengan consecuencias, en función que en Argentina si tenés poder y/o dinero está garantizada la impunidad.

Es hora que exijamos a nuestros gobernantes vivir con austeridad, y que los organismos de control administrativo y judicial ejerzan las funciones a las que están obligados. El proceso no es corto ni fácil. Debemos tomar conciencia que los gobernantes no son monarcas absolutos, son mandatarios a los cuales se le deposita la tarea de cuidar del erario, es decir de la plata que todos pagamos mediante los impuestos, en forma directa o indirecta.

Cuando compramos alimentos, pagamos la luz, o cualquier otro consumo, en el precio estamos pagando impuestos que en su mayoría los recauda la nación, pero una parte de los mismos llegan a las provincias y los Municipios a través del sistema de coparticipación federal y provincial impositiva.

La presión tributaria llega a tal extremo, que tenemos impuestos del primer mundo y servicios del tercero. Esto quiere decir varias cosas. Una de ellas que no todos pagan, por evasión o por imposibilidad. Otra, de suma relevancia es que se gasta malísimamente mal; por corrupción, despilfarro, desidia y menosprecio de la cosa pública.

Los impuestos no vienen del cielo o de la cuarta dimensión. Salen de nuestros bolsillos. Hay un concepto espantoso en nuestra idiosincrasia: el estado no es de nadie, en realidad no debe ser de nadie en particular – aunque muchos funcionarios lo crean de su propiedad – es y debe ser de todos.

Cuando ensuciamos en la vía pública, no cuidamos los espacios de recreación, nos perjudicamos a nosotros mismos. El barrido, el alumbrado, la limpieza, las escuelas, los hospitales, no se pagan mágicamente, se solventan con lo que directa o indirectamente aportamos por medio de nuestros impuestos. Tales conductas, es literalmente como escupir para arriba.

Recientemente fue noticia que el Presidente y una numerosa comitiva fueron a Nueva York a la Asamblea de Naciones Unidas. Se alojaron en hoteles lujosos, afectaron un avión entero de Aerolíneas Argentinas que estuvo 5 días varado a la espera del regreso. Me hago esta pregunta, en un momento crítico de nuestro país con indicadores vergonzosos de pobreza, inflación y desempleo, era necesario viajar; hoy la tecnología permite hacer conferencias vía internet en la cual, como durante la peor fase de la pandemia, los gobernantes pueden intercambiar opiniones y consensuar decisiones en tiempo real.

Es tiempo de dejarse de joder y derrochar plata de todos. Otra noticia fueron las compras de fiambres, quesos, frutas y verduras, pescados y carnes, para la quinta presidencial y otros ministerios. La imagen retrotrae a la corte francesa de 1789, viviendo en el lujo y la opulencia mientras la gente se muere de hambre, los niños están desnutridos, las escuelas se caen a pedazos, los hospitales no tienen personal e insumos para salvar vidas.

Por qué tenemos que pagar entre todos la comida del Presidente para que el invite vaya a saber quien a comer a la Quinta de Olivos, por su función percibe un importante sueldo, que solo deben superar algunos gerentes de grandes empresas. Descontémosle del sueldo la comida. Cuando le toque pagar con la propia, seguramente no será tan dispendioso en cuanto a los gustos culinarios.

Hay que desterrar los vestigios monárquicos vestidos de ropaje republicano, heredados de 3 siglos de cultura colonial, y continuados en estos 200 años de nación independiente. El primer tema a cambiar es dejar de atar con alambre los siguientes conceptos: a) El respeto por la ley; b) La honestidad en el ejercicio de la función pública; c) Que la plata del estado viene de otra galaxia; d) La dicotomía entre el manejo del dinero propio y el que es de todos; d) La liviandad con la que hemos naturalizado la corrupción, la mala administración, la ineficacia en los servicios, como parte rutinaria de nuestras vidas.

Cuando empecemos a cambiar nosotros, los ciudadanos y habitantes de pie, vamos a enderezar el rumbo para que nuestro país, deje de estar atado con alambre y circule con los engranajes que corresponda.

Hasta la próxima.

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