¡PASE USTED, CABALLERO!

Por Alberto E. Moro


Algunos chicos que querían hablarte y que no conocían tu nombre te propinaban un “Che coso!”. Cosificación al máximo.


El paso del tiempo no siempre hace mella en los usos del lenguaje, esa maravillosa adaptación evolutiva y cultural que nos permite algo tan extraordinario como la comunicación interpersonal y detallada con nuestros semejantes. Teniendo en cuenta el lapso transcurrido desde el presunto sonido gutural hasta la riqueza expresiva del pensamiento abstracto reconfigurado en sonidos comprensibles para el prójimo, es como podemos explicarnos uno de los increíbles logros de una especie más en el concierto zoológico, que es lo que en definitiva somos. Una especie capaz de salir fuera de la órbita de su planeta y modificar su entorno para bien o para mal como ninguna otra puede hacerlo, llegando al extremo de ser potencialmente capaz de autodestruirse

En los muchos años que llevo viviendo en las Sierras de Córdoba, he observado la inusual permanencia del trato de “Caballero” que utilizan las mozas y mozos que cumplen funciones atendiendo al público en distintos negocios, y que usan este anacronismo como simpático saludo y como cortesía propia de otros tiempos en los cuales –huelga decirlo- el medio de transporte habitual era con la denominada “tracción a sangre” proporcionada por el caballo. El noble bruto, como con justicia se lo ha denominado más por el primer adjetivo que por el segundo, ya que como lo explican algunos antropólogos norteamericanos el “HorseComplex” (todo lo que nos ha dado la domesticación del caballo en el trabajo y el transporte) fue una herramienta incomparable para el desarrollo de casi todos los pueblos de la Tierra.

Una bella damisela que atiende en un lugar al que debo concurrir en forma asidua, siempre me recibe amablemente con la expresión “Cómo le va caballero”, a lo que respondo –para ponerme a tono- con un “Hola mi bella dama”, recordando el título de la obra Pigmalion de George Bernard Shaw. Alguna vez, hablando acerca de esta simpática costumbre le expliqué que, según se cuenta, en tiempos ya idos cuando un caballero caminaba en compañía de una dama por las pedregosas veredas de entonces, siempre iba del lado de la calle para impedir que el barro que salpicaban los carruajes ensuciara la complicada y vaporosa falda con miriñaque al uso en las mujeres de entonces. En aquellos románticos tiempos los caballeros se esforzaban por obtener los favores y el afecto femeninos –como siempre pero con más ampulosidad- y se cuenta el caso de algunos de ellos que cuando una dama debía cruzar por el barro para ascender a un carruaje eran capaces de quitarse el paletó y arrojarlo sobre el lodo a los pies de la dama para que sus delicados pies no hollaran la inmundicia…

Si bien aún quedamos algunos “caballeros” capaces de cortesías similares hacia el sexo complementario al que algunos llaman “opuesto”, ya no es la norma en un mundo vertiginoso en el que la realidad nos lleva por delante a cada paso. Precisamente la palabra cortesía proviene de lejanos tiempos medievales en los cuales el sempiterno privilegio de las Cortes permitían tener una vida más holgada en la que reinaba una cierta politesse (1), muy distinta a la de la plebe, constituida por esforzados labriegos que envejecían trabajando de sol a sol, esclavizados por el feudalismo reinante. Estamos hablando de las postrimerías de la Edad Media.Haciendo uso de las prerrogativas de un humor triste: se ruega no comparar con algunos lamentables feudalismos de provincias argentinas actuales…

Otro lugar común que según creo se da en toda la República Argentina aunque no tengo ninguna certeza sobre ello, es la costumbre de anteponer al nombre o al apellido el calificativo de “Don”, un vocablo de origen hispano que se usaba y quizás aún se use como una expresión de respeto, cortesía o distinción social. En la España de los tiempos de la colonización americana y las Leyes de Indias, se usó para diferencias al plebeyo del noble, o al criollo nativo encumbrado del común de las personas. El “Don” proviene del latín Dominus (propietario o señor), término que también dio origen a la palabra “dueño”. En esos tiempos de vigencia de lengua antigua indoeuropea, se les gravaban los bienes a las personas que no tenían ese tipo de distinciones oficiales o consensuadas. Como siempre, somos todos iguales pero algunos a la sombra del poder son más iguales que otros…

En la España invertebrada de Ortega y Gasset, la de los múltiples reinos, el “Don” se aplicaba a algunos hidalgos y funcionarios “con probanza de nobleza” que debían acreditar, pero nunca a los plebeyos. Había un registro llamado “Padrón de Hidalgos”, que se guardaba en los cabildos. Y aún hoy hablamos de castas que existen en algunos países como rémora del pasado, en Occidente inclusive, aunque muy bien disimuladas. No deja de ser, en cierto modo, el sistema del poder y los amigos del poder que rige a casi todas las especies biológicamente gregarias (2). Bien decía Mussolini, el inventor del fascismo, “a los enemigos la piedra en la frente, y a los amigos todo el corazón”. Y su imitador en nuestro país: “¡A los enemigos, ni justicia!”

En la actualidad, debido al ascenso social promovido en general por la alfabetización y la educación de los pueblos de habla española, puede tener otras connotaciones, como por ejemplo el despectivo “¡Oiga Doña!”, o la expresión “es un Don Nadie”. También, y como se lo utiliza generalmente ahora en la Argentina, es un trato condescendiente aplicable a las personas de avanzada edad. Por eso, cuando me sucede, siempre respondo “No me diga Don, que eso es para los viejos…”.

Para mi uso personal en momentos de paz espiritual, prefiero la ópera Don Pasquale, la lectura del Don Quijote, o el brindis con un Dom Perignon, con lo que rindo homenaje a los tres idiomas latinos en los que se lo ha usado y aún se lo usa ocasional y espontáneamente.

Hoy, ya transitando y el año noventa y uno de mi vida, y reconociendo mis múltiples intereses y actividades, me resulta gracioso ver como quienes me hablan o saludan lo hacen respondiendo a la imagen o impresión que inconscientemente les he transmitido, o con referencia a la actividad con que tomaron contacto conmigo. Así es como suelo escuchar “profesor, profe, licenciado, magister, doctor, maestro, don Alberto, don Moro, o simplemente Alberto (lo mejor). Y de los viejos amigos porteños que lamentablemente quedan pocos, el infaltable “che pibe”. Y ya que hablamos de esa costumbre rioplatense de anteponer el “che” al nombre del interlocutor, no puedo menos que recordar una expresión que escuché muchas veces en la escuela primaria estatal a la que iba en mis primeros años, y que nunca más volví a oír. Algunos chicos que querían hablarte y que no conocían tu nombre te propinaban un “Che coso!”. Cosificación al máximo.

Con la templanza que dan los años, nada de todo lo que he relatado me molesta… Más bien, me divierte!

1) Politesse: del latín y el francés, conjunto de reglas de comportamiento aprehendidas por la educación.

2) Información adicional extraída de Internet: Con fecha 3 de julio de 1611 el rey don Felipe III de España mandó que su uso estuviese limitado a obispos, condes, mujeres e hijas de los hidalgos y los hijos de personas tituladas, aunque fuesen bastardos. Medio siglo después, cuando los monarcas españoles necesitaron aumentar sus ingresos, pusieron en venta tanto los títulos de hidalguía como el derecho al uso del don/doña. Por real cédula del 3 de julio de 1664 se estableció que su costo sería de doscientos reales por «una vida», de cuatrocientos por «dos vidas» y de seiscientos los «a perpetuidad». En no pocos casos incluía un escudo de armas.

Aunque este abuso causó que algunas audiencias americanas intimaran al cumplimiento de las ordenanzas reales, el uso parece haber continuado según la práctica americana de la época del se acata, pero no se cumple. En la práctica, ya que no había registros especiales que autorizaran su uso, el tratamiento fue otorgado por consenso de los pares y denotaba la pertenencia al nivel social más alto, sea en lo político (cargos militares, de cabildo, de gobernación o virreinato) o en lo económico (grandes comerciantes y encomenderos). Posteriormente su aplicación se fue extendiendo a todos los estratos sociales, y su forma de uso se hizo más libre.